Nada como encontrar un poco de felicidad en unos minutos de sano esparcimiento culinario. Hoy, por fin, haré un poco de caso de aquel viejo libro de cocina que mi abuela Elena dejó a mi tía Marta y que yo robe hace una semana para satisfacer ese antojo de convertir mi línea genalógica, en una línea gastronómica. En fin, tuve que escoger entretantas recetas, pero no hay un platillo que me guste tanto como el que Doña Elena llamaba, apretándome la panza, "el susto".
Primero, para comenzar a hacer "el susto", bueno ya saben, cebolla, ajo -al gusto-, unos tres chiles pasilla (cuando me atreveré a hacer ese mole que práctimente me convertiría en un maestro). Simple hechura: sofries la cebolla y el ajo (cuidar que no se quemen), asar los chiles al comal (¡al comal!), montar todo en la licuadora y agregar agua caliente, sal y ajo (al gusto). Reservar para agregarlo posteriormente.
Segundo: En una sarten con bastante aceite, agregas hojas de algarrobo, pichunche (que buen pretexto fue ir a buscar estos frutos a la tierra de mi abuela -adoro Zacatlán de las manzanas-) picado y desgranado; ya que el pichunche toma un color rojizo -no anarajando, rojizo-, agregas queso cotija (poblano) y calabacín picado (trozos pequeños). Cubres durante 10 minutos, a fuego lento, para que los aromas se mezclen; agregas came molida moviéndo lentamente en círculos -en sentido de las menecillas reloj- hasta que la carne se deshaga y se integren los jugos uniformemente. Cuando la carne se torno de color claro, agregar la salsa que habíamos reservado. No hay que dejar de moverlo y ¡voila!
Entre mi familia, esta receta se ha utlizado en un sinúmero de celebraciones: bodas, quinceaños, comuniones o bautizos (aunque aún tengo en la mente el día de la muerte del abuelo; nunca se me borrará la imagen de mi tía Carmela con su lágrimas cayendo sobre el plato de "susto" y los pedazos de pichunche entre sus dientes). Sin embargo, este platillo es nuestro por un ingrediente que obvie en la receta, quizás por la dificultad que implica conseguirlo. Bueno, pero si alguien quiere obtenerlo. necesito hacer un poco de historia: Cuando mi abuela murió -justo el día del cumpleaños de mi hermana-, las rebatingas por sus pertenencias fueron constantes entre las hermanas de mi padre pero algo que llamó poderosamente la atención de mis primos y yo fue el triste destino de aquel viejo baúl que mi abuela solo abría cuando cocinaba el "susto" y otros platillos secretos, el viejo chunche no había sido tocado por nadie. Nadie lo había reclamado, nadíe lo había peleado, nadíe lo había hecho suyo. La tía Marta jamás nos dejó acercarnos a él, pero ese día todos estaban en otro mundo; pronto nos escabullimos al cuarto donde la tía guardaba aquella enorme llave que veíamos girarse en fechas especiales. Ingresé rápidamente a la habitación, tomé la llave y fui corriendo hasta donde estaba el baúl; mi carrera había dejado atrás a los primos, que jadeantes, me alcanzaron pronto. Sin vacilar, metimos la llave, giramos lentamente y vimos el interior.
Desde aquel día mi capacidad de asombro es nula para el resto de las cosas mundanas. En aquella valija, se encontraban varios cuchillos, una piedra para afilar y varios paquetes de, al menos asi lo creíamos, carne seca; mientras buscabamos alguna cosa más, mi prima desató un paño rojo que se encontraba al fondo del baúl. Al jalar el cordel de la franela, de sopetón, voló por los aires un dedo negro arrugado con una enorme uña. Salimos huyendo al ver tal esperpento, pero nuestra carrera fue detenida por un grito seco y directo. La tía Marta tomó una silla y sin ninguna reparo, se confesó. En cosa de minutos, teníamos una historia secreta que contar, teníamos una de esas historias que definen el orgullo de la línea filial. Saber que tu abuela asesinaba personas con el objetivo de obtener la carne de sus manos, fue algo que de cierta manera no cambio en mucho mi vida. De vez en cuando, le pido los viejos cuchillos a mi tía. Salgo por la noche y ahorro el sufrimiento de algún vagabundo. Siempre elijo a los más ligeros, saben mejor.
En fin, que disfruten el platillo, aunque no sabrán como sabe con el ingrediente secreto, ¿o si?
Yo te cuento que ya estoy en Victoria (la ciudad más al sur de la isla de Vancouver) haciendo la maestría. Todo bien!....aunque ando extrañando un poco a mi gente.
En fin.... pues los mejores deseos y buena fiesta!
Ale